El proyecto de vida le permite a la persona tener una dirección clara hacia dónde dirigir sus esfuerzos para lograr alcanzar sus metas, sueños y anhelos. Según Krauskopf (1982) el proyecto de vida se define como:
“una progresiva toma de conciencia del quehacer en el mundo… es la necesidad de reconocer las propias potencialidades y necesidades en un hacer posible… es lo que hace que el adolescente se aboque con profunda intensidad, aunque no siempre consciente de todas las implicaciones de lo que hace, a una búsqueda de sentimientos, valores y actitudes que lo reflejan en un ahora proyectado hacia el futuro, en un sí mismo proyectado hacia los demás” (p.37).
El proyecto de vida, por tanto, se forma por la misión que el individuo siente realizar en el mundo; reconocer cuáles son las destrezas que tiene y las posibilidades de ponerlas en práctica, en otras palabras, saber si lo que le apasiona lo puede llevar a ejercer como labor. Todo esto enfocado en un plan a futuro y hacia la sociedad.
Además, es necesario aclarar que, aunque los pensamientos e ideas sobre lo que deseamos se forjan desde la infancia, es en la adolescencia donde se adquiere un carácter de compromiso para enfrentar la realidad mediante la pérdida del vínculo hacia los imagos paternos y a través del proceso de autonomía para desarrollar el proyecto de vida, el cual servirá de guía en el caminar por el mundo social y real al que se deberá enfrentar.. En esta etapa se desarrollan criterios claros frente a la vida, estructuran códigos morales y desarrollan la capacidad de juicio y crítica. Integran conceptualmente la representación que tienen ellos y ellas de sí, de sus cualidades, capacidades e intereses.
La importancia de tener un proyecto de vida es, otorgarle un propósito y sentido de vida al individuo, un norte para dirigir sus esfuerzos, además de brindarle a la persona las herramientas para vivir un bienestar de vida; en otras palabras, el proyecto de vida busca una mejor calidad de vida.
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